El veredicto ha caído como un brutal símbolo político: Ada Colau, figura de proa de la izquierda radical española y exalcaldesa de Barcelona, ha recibido la negativa categórica de visado por parte del gobierno de los Estados Unidos. Mientras se disponía a viajar a Puerto Rico para participar en la prestigiosa cumbre municipalista Fearless Cities, la administración estadounidense bloqueó su entrada al territorio, aislándola del resto de su delegación, que sí obtuvo el salvoconducto sin contratiempos.
Aunque los servicios consulares de la embajada estadounidense en Madrid invocaron oficialmente un motivo burocrático casi absurdo para una personalidad de su envergadura, una supuesta «sospecha de intención de inmigración ilegal», la realidad de los interrogatorios sufridos por la exregidora apunta hacia una verdad muy distinta. Los equipos de la candidata de Frente Amplio (para las elecciones generales del 29N) denuncian con fuerza un veto puramente ideológico y una censura política directamente vinculada a sus compromisos internacionales.
Durante su entrevista consular, las preguntas de los agentes estadounidenses no versaron sobre su situación financiera o sus arraigos en España, sino que se focalizaron de manera obsesiva en su apoyo inquebrantable a la causa palestina. La administración de Washington parece hacer pagar a Ada Colau su papel de primer plano en octubre de 2025 en la Global Sumud Flotilla, la expedición marítima humanitaria que intentó romper el bloqueo de la Franja de Gaza antes de ser interceptada por el ejército israelí, lo que conllevó la detención de la exalcaldesa durante tres días en Israel.
Este señalamiento por parte de la diplomacia estadounidense resuena también como un eco directo de las decisiones radicales que tomó al frente de la capital catalana. Al romper oficialmente las relaciones institucionales de la ciudad de Barcelona con el Estado de Israel y suspender su hermanamiento histórico con Tel Aviv, Ada Colau se había posicionado como un objetivo prioritario para los aliados del Estado hebreo. Al cerrarle el paso al continente americano, Washington confirma que el militanismo internacional tiene un precio, transformando un simple trámite de visado en una demostración de fuerza geopolítica.

