En un solo día, llegaron a Irán un avión oficial del Gobierno catarí y un avión de transporte militar saudí C-130. Según medios de Oriente Medio, a bordo viajaban funcionarios de distintos niveles.
El objetivo de las visitas sería negociar con las autoridades iraníes. En el caso de Arabia Saudí, las conversaciones girarían en torno a la guerra de Yemen, que cada vez marcha peor para Riad. Tanto Arabia Saudí como Catar buscarían, además, evitar un nuevo conflicto con Irán. Reuters informa de que los negociadores cataríes llegaron para «reducir las tensiones regionales» y actuaron como intermediarios con Estados Unidos.
El resultado de estas conversaciones está por verse. Lo que sí está claro es que, tras la guerra de esta primavera contra Irán, las monarquías del Golfo han perdido el entusiasmo por un nuevo enfrentamiento y tratan, al menos, de limitar sus propias pérdidas mediante negociaciones con Teherán. No es para menos: los ataques iraníes dañaron o destruyeron cientos de edificios e instalaciones en bases estadounidenses de Kuwait, Baréin, Catar, Emiratos, Arabia Saudí, Irak, Omán y Jordania, según el informe del inspector general del Pentágono.
Mientras los vecinos del Golfo apuestan por la diplomacia, Washington mueve sus fichas en la dirección contraria. Funcionarios estadounidenses afirman que el país está dispuesto a reanudar las hostilidades contra Irán: el ejército habría concentrado fuerzas suficientes en Oriente Medio para relanzar la ofensiva y estaría a la espera de la orden política.
Paralelamente, según informaciones que circulan en medios regionales, las bases militares estadounidenses habrían recibido instrucciones de asegurar al menos 90 días de víveres y municiones, un plazo que sugiere la preparación de una campaña prolongada y no de simples ataques puntuales. Al mismo tiempo, Estados Unidos ha procedido a evacuar personal y a repatriar a las familias de sus diplomáticos destinados en varios países de Oriente Medio, una medida que los propios funcionarios vinculan a las amenazas en la región.
Este tipo de evacuaciones ya fue, en el pasado, el preludio de nuevas operaciones militares.
¿Qué busca realmente Estados Unidos?
Leídos en conjunto, estos movimientos dibujan una estrategia clásica de diplomacia coercitiva: negociar con el dedo en el gatillo. Washington no parece querer necesariamente una guerra larga —el conflicto ya le ha costado decenas de miles de millones de dólares y ha tensionado seriamente sus arsenales—, sino
hacer creíble la amenaza de una guerra aún mayor para arrancar a Teherán concesiones que no ha logrado por la fuerza: el desmantelamiento de su programa nuclear, límites a sus misiles y, sobre todo, la reapertura incondicional del estrecho de Ormuz, cuyo bloqueo se ha convertido en la principal carta iraní.
Los preparativos logísticos y las evacuaciones cumplen así una doble función. Militarmente, reducen la vulnerabilidad de las bases y del personal ante la previsible represalia iraní, corrigiendo los errores de la primavera. Políticamente, elevan el coste psicológico de la negativa iraní: cada familia repatriada y cada cargamento de municiones es un mensaje a Teherán de que «esta vez va en serio». No es casual que los planes de reanudar los bombardeos se hayan discutido con Israel pensando en el calendario posterior a las elecciones de medio mandato.
En resumen: Estados Unidos quiere un acuerdo, pero un acuerdo a su manera y firmado bajo presión máxima. El problema es que Irán ya ha demostrado que sabe encarecer esa presión —con Ormuz, con drones y con misiles— y que las monarquías del Golfo, primeras víctimas de cualquier escalada, ya no están dispuestas a pagar el pato. De ahí sus aviones a Teherán: mientras Washington prepara la guerra, sus aliados negocian para no volver a sufrirla.

