Palestina - Orilla Sur - 28-10-2026
Las elecciones legislativas israelíes no han producido un vencedor claro, pero sí tres conclusiones políticas: Benjamín Netanyahu conserva una base electoral considerable, sus adversarios no han logrado convertir el descontento en una mayoría propia y los partidos de representación predominantemente árabe se han convertido en el elemento decisivo del nuevo Parlamento.
Con el 76,8 % de las papeletas contadas, el bloque favorable a Netanyahu obtendría 54 escaños, frente a 47 del bloque opositor encabezado por el exjefe del Estado Mayor Gadi Eisenkot. Las formaciones árabes sumarían 19 diputados: 13 de la Lista Conjunta y seis de Raam, la Lista Árabe Unida. Ninguno de los dos grandes campos alcanza así los 61 escaños necesarios para gobernar en una Knéset de 120 miembros.
Netanyahu pierde terreno, pero todavía no está derrotado
El Likud se mantiene como primera fuerza y Netanyahu puede presentarse como el dirigente que ha resistido mejor de lo que anticipaban numerosas encuestas. Sin embargo, la victoria de su partido no equivale a una victoria de su coalición. Su bloque queda por debajo de la mayoría y depende de negociaciones que, por ahora, parecen extraordinariamente difíciles.
Netanyahu ha rechazado cualquier gobierno que dependa de los partidos árabes y ha pedido una coalición “nacionalista y de derechas”. Su discurso busca presionar a las formaciones judías de la oposición para que rompan con Eisenkot y se incorporen a su campo. La estrategia le permite seguir siendo un actor central, aunque no disponga de una mayoría automática.
La oposición obtiene un resultado igualmente ambiguo. Eisenkot ha consolidado a Yashar como la principal alternativa al Likud, pero el voto contrario a Netanyahu permanece distribuido entre varios partidos: Yashar, la alianza Juntos de Naftali Bennett y Yair Lapid, Los Demócratas de Yair Golan e Israel Beitenu, de Avigdor Lieberman. La suma de sus escaños no basta para gobernar sin apoyos externos.
Además, existe una contradicción en el discurso opositor: sus dirigentes denuncian el gobierno de Netanyahu, pero varios de ellos comparten su negativa a integrar a los partidos árabes en una coalición. Eisenkot ha dejado abierta una colaboración condicionada, mientras que Bennett y Lieberman han expresado fuertes reservas o un rechazo explícito. Yair Golan, en cambio, defiende abiertamente una alianza con las fuerzas árabes.
Las opciones de alianza
1. Un gobierno de Netanyahu con apoyos árabes: aritméticamente difícil y políticamente improbable
Con 54 escaños, Netanyahu necesitaría siete diputados adicionales. Incluso una hipotética incorporación de los seis representantes de Raam lo dejaría en 60, todavía por debajo de la mayoría. Solo la suma de las dos formaciones árabes elevaría su campo hasta 67 escaños.
Pero esta posibilidad choca con la realidad política: la Lista Conjunta y Raam han hecho campaña para sustituir al gobierno actual, mientras que los aliados ultranacionalistas de Netanyahu rechazan gobernar con ellas. Una operación de ese tipo exigiría cambios de posición tan profundos que, a día de hoy, carece de credibilidad.
La alternativa para Netanyahu sería atraer a una formación opositora o provocar deserciones individuales. Su margen dependerá menos de su discurso de victoria que de las concesiones que pueda ofrecer y del temor de los demás partidos a otras elecciones.
2. Un gobierno opositor respaldado por los partidos árabes: la vía más sencilla sobre el papel
La oposición de Eisenkot y las dos fuerzas árabes sumarían juntas 66 escaños. Sería la mayoría más clara para sustituir a Netanyahu, pero requeriría superar las reservas de varios aliados opositores.
Los números también muestran que un acuerdo parcial podría resultar insuficiente: la oposición más Raam llegaría solo a 53, mientras que la oposición más la Lista Conjunta alcanzaría 60, todavía un escaño por debajo del umbral. Harían falta ambas fuerzas, apoyos adicionales o cambios en el recuento definitivo.
No sería indispensable que los partidos árabes entraran en el gabinete. Podría formarse un gobierno en minoría, sostenido desde fuera de la coalición mediante acuerdos sobre la investidura, los presupuestos y votaciones concretas. Raam, que ya participó en el gobierno israelí de 2021-2022, aparece como un interlocutor más dispuesto a esa fórmula pragmática; la Lista Conjunta mantiene posiciones mucho más críticas con la ocupación y con la definición política del Estado.
3. Una gran coalición entre el Likud y sectores de la oposición
Otra salida sería un gobierno de unidad que reuniera al Likud, Yashar y otras formaciones judías, dejando fuera tanto a los partidos árabes como, posiblemente, a una parte de la extrema derecha o de los ultraortodoxos.
Esta fórmula permitiría superar la mayoría con comodidad, pero plantea interrogantes decisivos: ¿quién sería primer ministro?, ¿aceptaría Eisenkot servir bajo Netanyahu?, ¿estaría Netanyahu dispuesto a una rotación?, ¿qué ocurriría con Ben Gvir y Bezalel Smotrich?, ¿y cómo se resolvería la exención del servicio militar para los ultraortodoxos, una de las principales reivindicaciones de la oposición?
Sería una solución aparentemente estable en términos parlamentarios, pero exigiría que dirigentes que se han presentado como alternativas incompatibles compartieran poder y responsabilidad.
4. El bloqueo y unas nuevas elecciones
Si ninguna fórmula prospera, el presidente Isaac Herzog deberá encargar la formación del gobierno al dirigente que considere mejor posicionado, sin que esté obligado a elegir automáticamente al líder del partido más votado. Mientras tanto, Netanyahu permanecería como primer ministro interino. El fracaso de las negociaciones podría conducir a otra convocatoria electoral y prolongar la inestabilidad.
El resultado de los partidos árabes: causas de una movilización histórica
El avance árabe es el dato más transformador de estas elecciones. La Lista Conjunta y Raam pasarían de los diez escaños que tenían en el Parlamento saliente a una representación provisional de 19. La Lista Conjunta agrupa en esta ocasión a Hadash, formación comunista árabe-judía; Taal, nacionalista árabe y laico; y Balad, nacionalista palestino de izquierda.
La primera explicación es la participación. La movilización en las localidades árabes ha sido extraordinaria, en paralelo a una participación nacional del 77,7 %, la más alta desde 1999. Algunos informes elevan la participación árabe hasta alrededor del 80 %, una cifra que cambia por completo el peso parlamentario de una comunidad que representa aproximadamente una quinta parte de la población israelí.
La segunda razón es el rechazo al gobierno saliente y, especialmente, a sus ministros ultranacionalistas. Las advertencias de Netanyahu sobre la afluencia de votantes árabes y las intervenciones de Ben Gvir en localidades árabes parecen haber producido el efecto contrario al buscado: en lugar de desmovilizar, convirtieron el voto en una forma de resistencia política. La presencia de activistas de derechas en algunos colegios electorales reforzó esa percepción.
La tercera es la acumulación de problemas sociales. Los ciudadanos palestinos de Israel sufren discriminación, desigualdades territoriales y niveles especialmente elevados de criminalidad. Muchos dirigentes comunitarios acusan a la policía de actuar con contundencia contra las protestas políticas, pero con insuficiente eficacia frente al crimen organizado. En lo que llevaba de 2026, la organización Abraham Initiatives había registrado 184 muertes violentas en comunidades árabes, un contexto que ha contribuido a convertir la seguridad cotidiana en una cuestión electoral.
Finalmente, la oferta política fue más eficaz. La reunificación de Hadash, Taal y Balad permitió concentrar el voto en la Lista Conjunta, mientras que Raam mantuvo su estrategia de integración institucional y negociación con fuerzas judías. Ambas formaciones representan sensibilidades distintas, pero las dos se beneficiaron de la idea de que una elevada participación podía impedir la continuidad de Netanyahu.
Consecuencias: más poder parlamentario, pero todavía sin pleno reconocimiento político
El principal efecto inmediato es que ya no resulta posible formar fácilmente una mayoría sin tener en cuenta el voto árabe. Sin embargo, capacidad de bloqueo no equivale automáticamente a participación en el poder. Las formaciones árabes pueden decidir quién consigue los apoyos necesarios, pero seguir excluidas del gobierno que contribuyan a hacer posible.
Si la oposición rechaza cualquier acuerdo con ellas, corre el riesgo de frustrar a un electorado que acaba de participar masivamente y de confirmar su percepción de exclusión. Si, por el contrario, acepta una colaboración —incluso externa—, los partidos árabes podrán exigir medidas contra el crimen organizado, mayores inversiones municipales, regularización urbanística, igualdad presupuestaria y protección de los derechos civiles.
Lo que no debe darse por descontado es un giro inmediato en la política hacia Gaza, Cisjordania o el proceso palestino. El núcleo de la oposición reúne a la izquierda sionista, el centrismo y sectores de derecha con diferencias profundas sobre seguridad y sobre el futuro político palestino.
Así, las elecciones dejan un desenlace paradójico: Netanyahu está debilitado, pero no liquidado; Eisenkot lidera una alternativa incompleta; y los votantes árabes han adquirido una influencia decisiva precisamente cuando buena parte de la clase política sigue resistiéndose a reconocerlos como socios legítimos de gobierno. El resultado definitivo importará, pero la disposición de los partidos a romper —o mantener— ese veto será igual de determinante.

