El viernes 23 de octubre de 2026, hacia las 10:30, un hombre disparó ráfagas desde un coche en Trappes y La Verrière, en la periferia suroeste de París. Mató a una persona e hirió al menos a cuatro, entre ellas una niña de 12 años, alcanzada por ocho balazos y cuyo estado se ha estabilizado. El sospechoso, de 39 años y vecino de Plaisir, fue detenido poco después en Coignières con un subfusil y granadas lacrimógenas. Figura en el fichero de antecedentes judiciales, pero los servicios de inteligencia territorial no lo conocían.
Todo apunta a un ataque racista. Según los alcaldes de ambas localidades, el fallecido en Trappes es de origen africano y el herido más grave de origen magrebí. En La Verrière, el agresor habría bajado del coche para disparar a dos empleados de limpieza «de tipo africano» que trabajaban en una escuela. El alcalde de Trappes, Ali Rabeh, habló de un tirador que quería «hacer una carnicería» y que disparaba al azar, aunque subrayó que las dos víctimas de su ciudad comparten un perfil particular. Un vecino de origen magrebí resumió el sentimiento de muchos: el miedo de todas las personas racializadas. La Fiscalía Nacional Antiterrorista investiga por asesinato en relación con una empresa terrorista, con el agravante de haberse cometido por la pertenencia real o supuesta a una raza, etnia, nación o religión. También examina la posesión de un arma de categoría A. Macron expresó que «la Nación» está al lado de las víctimas, el primer ministro Sébastien Lecornu habló de hechos «muy graves» y el ministro del Interior, Laurent Nuñez, viajó al lugar con la ministra Aurore Bergé. La investigación sobre el móvil sigue abierta y el sospechoso no ha sido juzgado.
El ataque se produce en un contexto europeo preocupante. Europa fue en 2024 el segundo foco mundial de incidentes islamófobos, según la Organización de Cooperación Islámica, y las campañas de extrema derecha son la mayor categoría, con el 25 % del total. Francia y Alemania figuran entre los puntos críticos, asociados al resurgir de movimientos de extrema derecha y del sentimiento antiinmigración. Casi uno de cada dos musulmanes de la UE dice sufrir discriminación racial, frente al 39 % de 2016, según la Agencia de los Derechos Fundamentales de la UE.
La violencia no es solo verbal. El Informe Europeo de la Islamofobia 2019 documentó el crecimiento de grupos de extrema derecha que atentan contra la población musulmana, como el plan de asalto armado a una mezquita cerca de Oslo por un terrorista con conexiones con organizaciones neonazis. Detrás de estos actos hay un terreno abonado por el discurso político: desde la crisis de refugiados de 2015, a los musulmanes se les ha usado como chivo expiatorio para desviar la atención de los fallos de las políticas públicas, y esa retórica ayudó a llevar a la extrema derecha de los márgenes a la corriente principal. Los investigadores señalan además que el discurso de la extrema derecha se ha extendido hacia el centro político.
El coste para la convivencia es enorme. Este clima siembra miedo en las comunidades señaladas, como el que expresaba el vecino de Trappes, y refuerza la sospecha entre ciudadanos que comparten barrio, escuela y trabajo. Y lo hace en sociedades donde se calcula que dentro de una década vivirán unos 35 millones de musulmanes, la mayoría hijos de inmigrantes. Sin negar que el terrorismo yihadista existe, los expertos piden no confundirlo con el islam ni con los musulmanes: la estigmatización colectiva, venga de donde venga, es incompatible con el vivir juntos.

