Las revelaciones sobre la conversación telefónica “directa y dura” entre Donald Trump y Benjamin Netanyahu, difundidas por la cadena israelí Channel 12, confirman una sospecha que ya era un secreto a voces: el primer ministro israelí está presionando a Washington para reanudar la guerra contra Irán inmediatamente después de las elecciones de medio mandato en Estados Unidos . Detrás de la retórica de “seguridad nacional” y “amenaza existencial” no hay una estrategia geopolítica coherente, sino un cálculo de supervivencia personal. Para Netanyahu, las vidas humanas —en Israel, en Irán, en cualquier lugar— importan muy poco. Lo único que le importa es permanecer en el poder y evitar el banquillo de los acusados y la prisión que lo acechan.
La evidencia es abrumadora. Netanyahu enfrenta un juicio por corrupción que incluye cargos de soborno, fraude y abuso de confianza, y que podría costarle años de cárcel si es declarado culpable . Además, pesa sobre él una orden de arresto de la Corte Penal Internacional desde 2024 por presuntos crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad . Su situación política interna es igualmente precaria: aunque su partido Likud ganó las elecciones recientes, quedó en una posición debilitada para formar una coalición que le permita gobernar . La presión de la guerra funciona como una distracción perfecta: un conflicto abierto con Irán podría justificar la suspensión o el retraso de los procedimientos judiciales en su contra, al tiempo que le permitiría presentarse ante su base como el “único líder capaz de enfrentar las amenazas externas”.
El propio establishment de seguridad israelí ha expresado su rechazo a esta maniobra. El jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel, el teniente general Eyal Zamir, advirtió que una escalada militar antes de las elecciones israelíes podría forzar su aplazamiento debido a las represalias con misiles desde Irán . El exgeneral y líder opositor Gadi Eisenkot fue aún más categórico: “No permitiremos que las FDI se conviertan en una herramienta para que Netanyahu se aferre al poder” . Estas advertencias provienen de quienes conocen de cerca los costos humanos y materiales de una guerra; no son objeciones partidistas, sino la constatación de que Netanyahu está dispuesto a sacrificar la seguridad de su propio país con tal de salvarse a sí mismo.
La lógica es macabra pero simple. Una guerra nueva significa estado de emergencia, significa unidad nacional obligatoria, significa que los tribunales se paralizan y que las elecciones se posterguen. Significa, en definitiva, que Netanyahu gana tiempo. Y el tiempo, para alguien que enfrenta la prisión, es el recurso más valioso. Trump, por ahora, parece resistirse a los cantos de sirena bélicos y prefiere dar una oportunidad a la diplomacia . Pero la presión de Netanyahu continúa, y las vidas de civiles inocentes —israelíes, iraníes, libaneses— penden de un hilo mientras un hombre desesperado busca su tabla de salvación en el fuego.

