A miles de kilómetros de Cádiz o de Cartagena de Indias, un paso marítimo de apenas unas decenas de kilómetros de ancho sigue marcando el pulso de la economía hispana. La guerra que Estados Unidos e Israel desencadenaron contra Irán el 28 de febrero derivó en el cierre del estrecho de Ormuz y en ataques de represalia contra aliados árabes de Washington en el Golfo. Casi ocho meses después, el conflicto no ha terminado. El alto el fuego de junio fracasó, y esta semana los mediadores de Catar y Pakistán han puesto sobre la mesa una “propuesta intermedia” para rebajar la tensión y volver a negociar.
Teherán asegura que mantiene contactos indirectos con Washington. Su plan de siete días, presentado en septiembre, exige levantar el bloqueo naval y las sanciones al petróleo iraní, detener la guerra en todos los frentes y liberar los fondos congelados en el extranjero a cambio de reabrir el paso. Mientras tanto, la inseguridad persiste: a comienzos de octubre al menos once petroleros habían sido atacados en Ormuz y sus alrededores. Quien hoy llena el depósito en España lo nota en el bolsillo.
El impacto español, sin embargo, es más matizado de lo que sugiere el titular. Según Funcas, Catar aporta apenas el 1,7 % del gas que importa España, mientras que Argelia suministra el 34,6 % y Estados Unidos el 30 %. España está menos expuesta que durante la crisis ucraniana, pero no es inmune: la factura llega por la vía de los precios, no de los barriles. Y eso devuelve la mirada a una ribera que Madrid conoce bien, la del Magreb, de cuyo gas depende en buena medida.
América Latina vive la misma guerra desde otro ángulo. El Banco de España advierte de que el encarecimiento de la energía eleva los tipos de interés a largo plazo y encarece la financiación de una deuda ya vulnerable. El efecto es desigual: para exportadores netos como Colombia y Brasil, el repunte actúa como respaldo fiscal, mientras que importadores como México han recurrido a medidas para evitar que la subida llegue de golpe al consumidor.
El frente libanés añade una nota inquietante. Según informan medios regionales, el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, ha declarado que el ejército no se retirará de las zonas del sur del Líbano que controla. El presidente libanés, Joseph Aoun, acusa a Israel de violar con ataques continuos el acuerdo de alto el fuego firmado en junio. Irán, por su parte, ha condicionado la reapertura de Ormuz a un alto el fuego que incluya también a Líbano y Gaza. Todo está conectado, y ninguna capital hispana puede permitirse mirar hacia otro lado.
La lección de esta crónica es incómoda pero clara: el mundo árabe e islámico ya no es un “allá lejos” para el mundo hispánico. Es el origen de buena parte de su inflación, el escenario de su diplomacia y, para España, también una frontera cultural y humana que se extiende hasta Barcelona.

