El 1 de noviembre de 2026 pasará a los archivos de Naciones Unidas como el día en que la misión desplegada en el Sáhara desde 1991 dejó de existir. El secretario general, António Guterres, tomó nota del fin de la MINURSO y abrió formalmente su liquidación. Lo hizo mediante una declaración de seis párrafos leída por su portavoz, Stéphane Dujarric, que se parece más a una despedida que a un comunicado político.
El texto da por cerrada la etapa. La misión «cesa sus operaciones» tras la decisión del Consejo de Seguridad de no renovar su mandato. Guterres agradece a su jefe, el ruso Alexander Ivanko, reconoce el papel de la misión durante tres décadas y media y rinde homenaje a los veinte miembros del personal fallecidos en el cumplimiento de su labor. Nada en el tono sugiere una pausa o una prórroga técnica.
Lo concreto llega después. Desde hoy comienza el periodo de liquidación: un equipo reducido, adscrito al Departamento de Apoyo Operacional, se encargará de repatriar el material de los países que aportaron tropas y de ceder el equipamiento propio de la ONU. Guterres pide a las partes que cooperen para que todo se haga «de manera ordenada» y cuanto antes. Es, casi palabra por palabra, lo que reclamó el Gabinete Real marroquí el 30 de octubre. Rabat y Nueva York hablan ahora de lo mismo: la salida.
El párrafo que más lecturas admite es el que recuerda que la misión fue creada para proteger y servir a la población del territorio y que su marcha no anula los derechos de esta. Es una fórmula ritual de la ONU y conviene no cargarla de más sentido del que tiene. No explica cómo se ejercerían esos derechos y, sobre todo, no menciona en ningún momento un referéndum. La palabra solo sobrevive en las siglas de la misión que se está desmantelando. No es una sorpresa: la consulta lleva más de veinte años enterrada por la imposibilidad de acordar quién puede votar, y el Consejo de Seguridad ya no la contempla en sus resoluciones. Para el Consejo, la autodeterminación pasa hoy por una solución política negociada que se apoya en la autonomía bajo soberanía marroquí. La retirada de una misión de observación no altera ese marco; apenas suprime su último vestigio.
La conclusión sigue el guion de siempre. La ONU promete ayudar a las partes a lograr una solución «justa, duradera y mutuamente aceptable», la misma fórmula de las resoluciones desde 2007, incluida la 2797 de octubre de 2025, que coloca el plan de autonomía marroquí en el centro de la negociación. Guterres no decide nada ni inventa nada: devuelve el expediente a su enviado personal, Staffan de Mistura, y al proceso político al que esa resolución también emplaza a Argelia.
Argel, precisamente, debería detenerse en otro pasaje. El secretario general expresa su inquietud por el riesgo de escalada y pide máxima contención a todos los actores, que deben abstenerse de cualquier acto capaz de agravar las tensiones o poner en peligro la estabilidad regional. Recuerda además que la misión atravesó un periodo especialmente difícil tras la reanudación de las hostilidades en 2020. No señala a nadie, y no lo necesita: fue el Frente Polisario quien proclamó en noviembre de 2020 el fin del alto el fuego, desde campamentos situados en suelo argelino. El llamamiento a la contención apunta, en primer lugar, a quienes pudieran sentirse tentados de aprovechar la ausencia de observadores.
Queda una paradoja difícil de ignorar. Argelia batalló durante años para que la misión conservara la «R» de referéndum en su nombre, y lo que obtiene es una declaración del secretario general sobre liquidación, repatriación de material y cesión de equipos. Su Gobierno ya había manifestado su «profundo pesar» en un comunicado del Ministerio de Exteriores el 31 de octubre, y hasta hace pocos días la prensa argelina se negaba a admitir el desenlace y hablaba de una «prórroga técnica». Guterres acaba de firmar el acta que lo desmiente. Argel buscará en ella la defensa de un derecho; Nueva York, por su parte, organiza una mudanza.

